Cuento de los Reyes Magos

   La tarde caía silenciosa, arropando la casa que, perdida en las llanuras del desierto, nunca supo de caminos distintos de los que señalaban las estrellas. Ellas eran las únicas que, cuando el cielo estaba raso, permitían seguir las rutas hacia destinos desconocidos.
   Dos niños, 10 y 4, jugaban en el entorno familiar, soñando con la llegada de los Reyes, a los que ya habían escrito la correspondiente carta. El mayor, estimulaba la imaginación del más pequeño, obligándole a recorrer los hermosos parajes que los reyes Magos atravesarían, antes de llegar a su modesta casa. Corría su fantasía sobre las praderas, cuyo verde serviría de pasto a los camellos que los transportaban. Se situaba sobre los enormes picos, que la magia permitiría saltarlos, sin más apoyo que el arco iris sostenido sobre un azul infinito. Se reclinaba sobre las grises laderas de ignorados países, de cuyas piedras saltaban verdinegros sapos de enormes ojos, que, en su croar, alentaban la atonía del traslado. Volaba, volaba, sobre una gaviota blanca, encima del mar, cuyas aguas chapoteaban, lanzando pequeñas partículas de espuma salobre, cuyo sabor desconocía. En algunos momentos surgía el temor a que la ilusión se rompiera, descendiendo desde la fantasía, hasta el más cercano mercado, donde algunos niños, de lejanos lugares, aseguraban que se compraban los deseados juguetes. Tenían prisa por marcharse a dormir, a fin de que el tiempo, liberado de la mente, corriera desbocado hasta el dichoso amanecer, con el alba recortando la segura realidad, tan esperada. Querían, extendida su alma, oír el lejano rumor del campo, del que su madre llegaría para arroparlos como cada noche, cuando la luna señalaba el final del día.
   Y así, se hundió la tarde. Los corros de estrellas, estáticas, se enfrentaban a la obscuridad pestañeando sin fuerza, como si la idea de aparecer entre las sombras inminentes, tejiera guirnaldas de amores extraños. La paz era suave, casi intangible, cubierta de un porvenir de esperanza, con racimos de espigas doradas.
   Y en la noche, cuando las sombras bailaban, apareció la madre, henchida de sol y de viento, andante dolida de caminos eternos, recorridos en el calor de los hijos.
   Acunando al pequeño, recostado el mayor en su pecho, surgió la música, sobre las ascuas rojizas de unos extraños helechos, creadores de aromas. Y en estos amores rendidos, los niños, rescolgado el pensamiento sobre su ilusión pendiente, entablaron, con la madre, un dialogo sobrio de palabras calladas, a las que, seguramente, se acomodaron los Reyes.
Los Reyes Magos
(Porque lo nuestro es pasar)

Llegarán los reyes Magos
Todo boato y misterio
Y los niños esperando
Con su quimera, el momento

Llegaron los Reyes Magos
Cuando estaba anocheciendo
Los zapatos esperando
La ilusión velando el sueño

Pasaron los Reyes Magos
Muchos siguieron creyendo
Pero el tiempo fue cambiando
Por realidad, el secreto.
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