El campo de Alaró

      Ayer miraba el campo desde la ventana de mi despacho. Lo hago a menudo y, aunque la ventana es la misma, el campo siempre es diferente. Estaba atardeciendo. Las acacias, florecidas, estaban sosteniéndose en la perspectiva de los caminos. Las nubes se arremolinaban en semiobcuros espacios, produciendo las tinieblas propias de los atardeceres, cuando el sol se oculta buscando la paz de la noche que se avecina. La brisa refrescaba el ambiente, y, al sentirla en mi cara, la mente se alejaba de cualquier tortuoso sentimiento. Las palmeras surgían esbeltas, y al contraluz del ocaso, parecían dibujos inscritos en la ladera de las montañas, como dunas verdosas de lejanos desiertos. El pequeño trozo de césped que adorna la entrada, lo ocupaban varios mirlos que trataban de encontrar su descanso. Se desplazaban inquietos, y, en su negror, se afianzaba la seguridad de su estirpe. Los mirlos blancos siempre se han citado como la perdida esperanza de mutaciones imposibles. Los cipreses, pretendían rozar blancuzcas estelas de nubes, antes de que la noche las disolviera entre las estrellas. La luna, siempre cambiante, empezaba a surgir por el este, como si quisiera anunciar la llegada del sol que, siguiendo la misma ruta, llegaría con el alba. Los velos del obscurecer iban cayendo sobre los almendros, cuya flores formarán pequeños muñones que, a no tardar, se convertirán en fruto. Existe un camino bordeado de manzanilla, que lanzaba ráfagas de olores desde sus pequeñas flores lilas, mientras que los rosales, contribuían al espectáculo con sus vivos colores y enseñando las espinas, como defensoras de la tranquilidad que debe existir en el campo.
      Yo sentía y disfrutaba de aquella paz, a veces rota por el ladrido lejano de un perro y el suave maullido de una gata, que, seguramente, estaba en celo.

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