Domingo de Ramos

     La mañana comenzó cuando el alba dibujó el horizonte. La preparación de los acontecimientos que conformarían las jornadas venideras había sido laboriosa. Por primera, y única vez, en la historia de la humanidad, el dios de los evangelios, el que sublimaría Pablo de Tarso, iba a convertirse simplemente en un hombre. Sería sacrificado, para obtener el perdón de la humanidad, por una transgresión cometida por la pareja que el dios-padre, creó a su imagen y semejanza, al inicio de los tiempos. Es la primera responsabilidad objetiva de que se tiene noticias. El dios hecho hombre, iba a pasar, en una semana, de la cuasi-coronación a la más infame de las muertes. Iba a sentir la dulzura de la popularidad, las afrentas de los dirigentes temerosos, las iras de un pueblo, como siempre desinformado, la desafección de los suyos, la traición por dinero, el dramático paseo ante unos tribunales desinteresados de la justicia, y la muerte ejecutada por la misma multitud, a la que vino a librar de su esclavitud moral.
     La llegada a la ciudad, la habían preparado con eficacia. El Maestro, con sus discípulos, habían pasado los últimos días en una casa de campo de Betania. El sábado - Sabbat - lo habían celebrado con Lázaro y sus hermanas Marta y María, y, seguramente, con María Magdalena, aunque el evangelio de San Juan no lo recoge. En el mismo se dice que envió a dos de sus discípulos para recoger el asno que encontrarían atado, sin determinar el lugar y, a cuya grupa, iría montado el que se autoproclamaba hijo del hombre, para que, paradójicamente, se cumplieran las profecías, que lo convertirían en Mesías. Se supone que, además, debieron contratar al personal y las palmas, con las que se iniciaría su ensalzamiento, a la llegada a Jerusalén.
     Habían acordado que la mejor hora sería el mediodía. Con la exactitud que acompaña a los grandes acontecimientos, la comitiva se puso en marcha. Irrumpieron en el principal camino de acceso a la ciudad, con el atractivo de la novedad: Un hombre elegantemente ataviado, montado a pelo sobre un pollino, rodeado por un grupo nacionalista, formaban una comitiva, tan poco numerosa como bullanguera, que arrojaba a su paso ramas de olivo. Inmediatamente se les unió, siguiendo la costumbre, la muchedumbre que esperaba a los peregrinos, aclamándolo con las mismas frases que les oían. Hosanna, al hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor.
     La luna, que sería plena el jueves, iluminó la caída de la tarde; potenció la unión de los más allegados, deslizándose entre las sombras; y animó la discusión sobre las actividades de los próximos días, días de dolor y de muerte, que modificarían los sentimientos religiosos, de una parte importante de la humanidad.

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