Martes Santo

     Cuando se pretende intentar salvar a la humanidad de cualquier cosa, aún de la más simple, el camino es duro. No hablamos de los dictadores que hablan de salvar la patria, aunque los motivos sean inconfesables y las consecuencias nefastas. Hablamos de los defensores de los derechos humanos; de la ayuda al necesitado; de la vida entregada al bienestar del prójimo; del amor sin contrapartidas. Cuando el sacrificio apoya su razón de ser en dichos valores, los abrojos llenan los caminos, desgarrando los pies, y, el desengaño, lacera el alma. Esto recordamos el día de hoy. Al caer la tarde, Jesús con su grupo, se reunió para compartir la única comida seria del día, y comentar las actividades realizadas. Seguramente hablaron de las luchas futuras, encaminadas a cambiar una sociedad empobrecida; de acabar con la dominación de aquellos romanos, adoradores de dioses ajenos, y alcanzar las promesas hechas por los profetas desde el inició de los tiempos. Entre el estruendo de las voces, por la conversación exaltada y la defensa, cada uno, de sus opiniones particulares, se oyó, como en un murmullo, la voz del maestro. - «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».
     No parece una acusación, si no la constatación de un hecho, que ocurriría con certeza. Lo que no resulta claro es el significado de la expresión. Entrega, en este caso, no puede tener más sentido que el de delación, o denuncia, pero no debía existir entre ellos la idea de que había algo que denunciar. No eran delincuentes huyendo de la justicia. La entrada del domingo fue triunfal. En los movimientos tanto del Maestro como de los discípulos no existía ocultación alguna, sin embargo la expresión tiene su repercusión en la reunión, e inmediatamente Pedro le hizo una señal a Juan, para que preguntara de quién se trataba. -«Señor, ¿quién es?». Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Entonces Jesús le dijo: «Lo que tienes que hacer hazlo enseguida».
      Es la primera traición de que se tiene constancia en la iglesia aunque, cuando se lee el evangelio de San Juan, ninguno de los reunidos se enteró de la felonía; el Miércoles Jesús, según San Mateo, reiteró la acusación, y el Jueves, Judas estuvo presente en la cena más conocida de la historia, organizada para celebrar la Pascua.
     El día no terminaría sin que quedara constancia del poder del miedo y de la angustia en la toma de decisiones. En la conversación que siguió a la marcha de Judas, el Maestro les aseguró que pronto partiría hacia un lugar donde ellos no podían ir. Señor, dijo la persona sobre la que se edificaría la Iglesia, ¿porqué no puedo acompañarte?, daría mi vida por Ti. Al día siguiente el grito violento del gallo antes del alba, puso de manifiesto, en la actitud de Pedro, la debilidad de la humanidad.-

<< Índice de Artículos> >