Jueves Santo

     Hacia varios días que las masas rodeaban a los grupos nacionalistas que habían ido a la celebración de la Pascua con la intención de ejercitar sus reinvidicaciones, y en la concentración de multitudes, - Jerusalén podía llegar a los setenta mil habitantes, - aprovechaban para realizar pequeños ataques a los romanos.
     Había pasado el domingo con la bienvenida al Maestro. Los cantos y palmas envolvían al que podía liberarlos del yugo, que los tenía uncidos al odiado carro de los invasores. Se había producido la revuelta en el templo, quizás el primer ataque conocido, desde una filosofía de vida que estaba naciendo, a una actividad de engaño, basado en el cambio de monedas que, aún, se pesaban, y que proseguiría cuando los siglos futuros establecieran las divisas.
     Aquel Cordero que crearía posteriormente Pablo, como símbolo del amor, había tenido un rasgo de violencia que alertó al Sanedrín. Quizás por ello, las reuniones se mantenían en secreto y la Cena Pascual se organizó con el sigilo de los perseguidos. Allí se mezclaron las promesas de lealtad al líder, con las sospechas de graves desenlaces. Estaba a punto de producirse la primera deserción en la historia de la Iglesia, y la traición, con treinta monedas de contrapeso, tomó carta de naturaleza, cimentando la desconfianza de los hombres.
      Con la grandeza del rito, el Maestro instituyó la eucaristía, el mandato de seguir celebrando parecidas reuniones, encaminadas al recuerdo de aquel gesto, y que los siglos han visto cumplirse, hasta límites increíbles, con la exactitud de las profecías. Al final del día, inquieta el alma, la reunión del Getsemaní fue la meditación de las grandes decisiones; el sudor de sangre que produce la angustia de la duda; la llamada al Ser Superior a quien imploramos la certeza de la decisión, porque la derrota es visión de muerte, y, la victoria, solo un disfraz.
     Para mi es en el desenlace que Judas precipitó, en el Monte de los Olivos, cuando se gestó el amor fraterno que celebramos el jueves Santo. El amor hacia el enemigo, restañándole las heridas inferidas por Pedro, cuando la espada trataba de cubrir la retirada, solo se da en los seres verdaderamente grandes, en los que son capaces de transformar en paz, la ira; en los que cambian escabrosos caminos por dulces vericuetos, que conducen a la armonía del mundo; en los que son capaces de impulsar la caridad, que es, en su práctica, la sonrisa del amor.

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