Miércoles Santo

     Es el día puente en este escenario de revolución cruenta. Apenas se tiene noticias de la actividad del grupo, consultando los evangelios, pero es una fecha fundamental en los actos que van a producirse. Todo debió desarrollarse en el silencio de las consignas. Los discípulos, diseminados por la ciudad, predicaban la rebeldía de las mentes, tratando de dirigirlas hacia un nuevo concepto de la moral y las costumbres. Se estaba estableciendo la defensa de la mujer a través de admitir los propios errores, con la expresión, “el que esté libre de pecado….”. Es el primer examen de conciencia, previo a la confesión, que en tiempos futuros y desconocidos, sería necesaria para el perdón de los pecados. Se estaba estableciendo la obligación del cumplimiento de la ley, junto a la separación de la iglesia y el estado, “al dios lo que es de dios…” así como la defensa de los desamparados, a través de las Obras de Misericordia, y la recompensa del buen hacer, a través de las Bienaventuranzas. Y sobre todo predicaban el amor al prójimo, inexistente entonces, e incumplido en la mayor parte de los hechos que forman la historia. Cuando se estudia el desarrollo de esta filosofía, aceptada por tantos millones de personas, el primer pensamiento es para rechazar la crueldad de la crucifixión, que ejecutó parte del pueblo, arrastrado como siempre, por los dirigentes que veían peligrar sus privilegios. Pero, a pesar de la aceptación de tal criterio por gran parte de la humanidad, nada ha cambiado. Las guerras con base en la religión, las tenemos en nuestros días, con mucha mayor violencia, y la traición a los compañeros, por dinero, se estaba fraguando, en aquel momento, y ha estado presente, a través de los siglos. El Sanedrín contrata a Judas por la importante cifra de treinta denarios, para que, mediante un beso de bienvenida, lo identifique, quizás buscando la seguridad de su detención, pues resulta difícil de entender que el Sanedrín no conociera a Jesús, para quién pedirá la pena de muerte, dos días más tarde.
      Al final del día, los discípulos encargados de la organización, le preguntaron al Maestro, donde quería celebrar la Pascua, y se puso de manifiesto la clandestinidad en que se movían, por la forma del mensaje que transcribe el evangelio de San Mateo, “Vete a ver a Fulano y dile que mi momento ha llegado”, y, así, con tal consigna, inician los preparativos para celebrar la Pascua.
      La reunión de la noche debió transcurrir entre la ilusión de la mencionada celebración, y la inquietud de lo que se presentía. La acusación del Maestro contra Judas, y la advertencia de su próxima partida, sembró sobre todos ellos el desánimo, a pesar de que, aún, no habían intuido la tragedia que estaba a punto de desarrollarse, la muerte que ha suscitado más conmemoraciones, rezos y penitencias, que todas las catástrofes que han arrasado la tierra desde aquellos momentos.

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