Un Libro

      Un día, ya lejano, me reglaron un libro. No sé quién ni porqué, pero fue la primera vez que tuve la sensación de que era un objeto regalable. Hasta entonces, siempre creí que los libros solo eran para estudiar. Pasaron los años y aprendí que los libros son un puñado de páginas, mejor o peor encuadernadas, que siempre te enseñan algo. Al principio las reglas básicas sobre las que se sustentará la vida intelectual de cada persona. Después, cada paso que das, lo dirige la enseñanza correspondiente de uno, o varios, libros. Así las leyes determinan los derechos y obligaciones de cada persona, a partir del momento en que el feto, o nasciturus, es engendrado; establece las relaciones comerciales, mediante los contratos y las obligaciones derivadas de los mismos; los pagos que deben realizarse a favor de la Hacienda, para contribuir a los gastos de la nación y redistribuir la riqueza; estipulan lo que le ocurrirá a nuestro cuerpo, después de la muerte, y el destino de nuestros bienes, a través de las disposiciones testamentarias, que son válidas durante treinta años.
     Los libros, nos describen el mundo, la forma de vida de otras sociedades, de las que nada sabríamos sino existieran los escritos dejados por generaciones anteriores; nos muestran la silueta de la tierra, sus ciudades, sus horizontes, sus montañas y sus valles; nos enseñan el fin último de las cosas a través de la filosofía, y nos dejan constancia del destino que, cada una de los miles de religiones poseedoras de un dios propio, le otorgan al alma, a pesar de que, ninguna de ellas, conoce lo que existe cuando se salta la barrera hacia el eterno silencio. Nos permiten viajar a mundos desconocidos, a parajes ilusionantes, volando sobre la fantasía de las novelas; nos visten con el traje de cualquier profesión, arte u oficio, en los personajes teatrales y sirven de base a las quimeras, ilusiones y ensueños que se representan en las películas..
      Y un libro, siempre es fiel. Siempre dispuesto a que lo uses. Puedes tenerlo en la mesilla, a la cabecera de la cama, para consultarlo durante la noche, en cualquier momento, o puedes almacenarlo en una vieja estantería olvidada, soportando el paso del tiempo y cubierto de polvo, pero cuando lo necesitas, puedes abrirlo con total confianza, porque sigue siendo el amigo que nunca te decepciona.

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