Viernes Santo

     Habían acabado los días de gloria. Los seguidores del Maestro, mezclados entre los soldados encargados de llevar a cabo la detención, trataban de pasar desapercibidos. Los olivos presenciaron, impávidos, la plegaria de un hombre que desnudó su alma, transida de dolor, ante el Padre, único ser capaz de hacer pasar tan amargo cáliz; acompañaron al hombre que soportó el paso de las horas, trémulo de pavor, ante la ejecución presentida, y admitieron la esperanza de que fuera dios, al aceptar, por un motivo para muchos incomprendido, la consumación de un sacrificio, que habría de conmover a las generaciones venideras.
      Las estrellas cerraron sus ojos, ante el plenilunio propio de la Pascua, y el ribete de negras nubes sirvió de adorno al velo de luto que cubriría, a partir de las tres de la tarde, a toda la humanidad. La noche, en su temprano comienzo, se llenó de consignas y comentarios, de rápidas y nerviosas reuniones sin fin determinado, de huidas hacia la soledad en que la mente se adentra cuando el futuro es incierto.
     El proceso fue, espiritualmente, lento, porque las tinieblas de la noche eterniza las horas, y, al mismo tiempo, rápido, porque el Tribunal se había desinteresado de la justicia. La acusación actuaba con la máxima diligencia, encaminando los hechos, a la destrucción política de un adversario honesto, que ponía en peligro la estabilidad del sistema; y la defensa estaba representada, contrariando la más elemental prudencia, por el propio encausado, incapaz de aducir argumentación alguna, que pudiera anular la predestinación impuesta por el peso de las profecías.
      Con la sentencia firme, consecuencia del único recurso de la historia que se ha resuelto mediante la inhibición, se inició el camino del Gólgota. Duros guijarros que ensangrentaron los pies, sobre los que caminarán los sueños de la esperanza; flagelado el ánimo, a pesar de que nació para alcanzar mundos de fantasía; la cabeza, cubierta de espinas, adelantándose a las tribulaciones de sus sucesores, cuando decidan en las encrucijadas, que, sin duda, traerán los tiempos; cargado con la cruz, sobre la que será inmolado, estableciendo el final del único hombre que los tiempos declararán inmortal.
     Llegó la hora, entre la promesa de un futuro mejor, para el desheredado de la fortuna que estaba situado a su derecha, y su desesperanza transitoria, - ¿porqué me has abandonado? - que desemboca en la luz de otros mundos. Su muerte paralizó el camino del universo. Vientos huracanados danzaron en su honor, para exhibir la grandeza del ejecutado, y la calma posterior extendería la buena nueva de un Mesías, que auguraba un mundo mejor, mientras la madre, al pié de la cruz, consolada por María Magdalena, sentía las espinas de la corona, clavadas entre los pliegues del alma.

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