Junio en Alaró

      Junio en Alaró es un mes de transición. Hay años en los que se puede cumplir el refrán de que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, y hay otros en que, si paseas por el pueblo, te das cuenta que los postigos protegen las ventanas, -cerradas y encortinadas,- de una temperatura, excesiva para nosotros, pero atractiva para los turistas que pueden disfrutan de un sol que, en sus países de origen, apenas se manifiesta.
     Este Junio, ha amanecido, con el bullicio propio de los pájaros que, al alba, empiezan a buscar el sustento del día. Pero, según van entrando las mañanas, se extiende sobre el campo un silencio anunciador, de que la vida empieza a dormirse, con el sopor clásico de una siesta astral. Las ramas de la palmeras, se cimbrean, como si quisieran demostrar que, para ellas, aún es primavera, mientras los cipreses, inclinan el suave final de sus ramas, comentando, en callada conversación con la naturaleza que los rodea, que las frescas brisas que los arrullaba en los pasados atardeceres, están desapareciendo. Las rosas abiertas al frescor de la mañana, cierran suavemente sus pétalos, para protegerse de un sol desconocido que les impide respirar, y, consecuentemente, no emiten el clásico olor que caracteriza la especie, y que tanto contribuye al placer de pasear por los jardines, en esta primavera que se termina.
      El sol, al comienzo de la estación de los largos atardeceres, apenas tiene prisa para ocultarse detrás de rojizos horizontes, que anuncian los últimos vientos encrespados, propios de la época, mientras las estrellas empiezan a brillar en un firmamento saturado, de tal forma, que la luna, apenas encuentra el camino para manifestarse, y poder servir de musa a tantos poetas, y de celestina, en aquellas relaciones amorosas en las que los novios intercambian sus quejas, preludio de nuevas reconciliaciones.
      Junio, es el final de la primavera, que inunda de belleza cada rincón de la Isla, a los que no llega el mar, y es el inicio del verano, que, aunque duro, llena las arcas de los bienes, que nos permiten disfrutar, con tranquilidad, de tales bellezas.

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