La Noche de San Juan

      Las playas empezaron a llenarse con una gran multitud, cuando el sol anunció, con cierto temor, que sería posible celebrar la víspera de San Juan, sintiendo el rumor del mar, durante la primera noche de verano. Un grupo de ruidosos jóvenes se instalaron al cobijo de una pared de piedra caliza, moldeada por el suave embate del agua a través de los tiempos. Era un lugar placentero para sus conversaciones y evitaba las corrientes de aire que barrían la arena, cuando las brisas marinas perdían la elegancia de su perfume salado. Habían acordado aportar olvidadas maderas carcomidas, muebles inútiles o viejos elementos que pudieran arder en honor de San Juan, cuando el sol se ocultara en la línea del horizonte, entre las nubes rojas que suelen subyugar el ánimo, al alba de la primavera y en los atardeceres de la presente estación.
      Jóvenes de ambos sexos, ellos con el torso musculoso y al aire; ellas, con cuerpos morenos y esbeltos, apenas tapados por minúsculas prendas, se esforzaban en cargar las piezas que habían podido obtener, entre risas y chapuzones con que se refrescaban, al tiempo que, en un aparente juego de camaradería, la atracción de la carne justificaba el nerviosismo de sus expresiones. Encendieron la hoguera, cuando el atardecer permitía que la luna se reflejara en suaves y lentas olas, que inundaban las arenas de la playa en un vaivén de amor y desamor. Bailaron a su alrededor danzas sagradas de tiempos pasados, con el movimiento seductor de nuevas costumbres. Formaron un circulo, extendiendo sobre bastos manteles la cena compartida, como muestra de un compañerismo que desearon eterno. Entonaron canciones de amor que ilusionaron sus mentes, aumentaron el ritmo de sus corazones, y sintieron el empuje de la vida, deslizándose sobre caminos de esperanza. Atravesaron las cenizas con los pies descalzos, en un alarde de someter el sufrimiento y, algunos de ellos, formando pareja, sintieron que el deseo inundaba sus cuerpos, hasta que la explosión de sus sentidos, apagó las brasas cadentes de su exigente juventud.
      Con las primeras luces del alba, San Juan, hundido hasta las rodillas, en las aguas de un mar eterno, repitió el mismo bautismo liberador de la culpa, sobre aquellos jóvenes, cuyos corazones, al igual que los del Cristo, rebosaban amor.
San Juan
(Porque lo nuestro es pasar)

Está llegando San Juan
Aguas del Jordán corriendo
Los cristianos esperando
La llegada del Maestro

Ha llegado ya San Juan
Con el verano por dentro
Vestido de sayo blanco
Con toques de lino eterno

Ya se ha pasado San Juan
Sin cabeza sobre el cuerpo
Perdida por una mujer
No por amores, por cierto

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