Terrorismo

      En un momento determinado, los dirigentes de un grupo político, que, en aquel momento, como se supone, no ostenta el poder, toma la decisión de hablar de independencia, o se arroga cualquier representación religiosa. Las campanas tocan a rebato, contra el ataque a un dios desconocido, o a un invasor imaginario, atrayendo a una juventud ilusionada y violenta. Sustituyen sus pretensiones, siempre controlables y defendibles, por el asesinato, que es una estéril e inhumana actividad. Las personas, de pensamientos diferentes a los del grupo atacante, son masacradas por decisiones que proceden del mundo irreal de los, mal llamados, políticos, envueltos en la bandera de la iniquidad, que solo es la de los colores que representa a una nueva e imaginaria Patria, o Religión, heridas.
      Se producen decenas de miles de muertos, de aldeas devastadas, de mujeres violadas y niños descuartizados. Se habla de ataques indiscriminados a aldeas, cuando la noche se vuelve silencio, en el suave despuntar del alba. Se habla de persecuciones a los extranjeros, intelectuales, o ejecutivos de empresas, que colaboran en el desarrollo del país. Se habla de ataques a personas religiosas, a las que solo se puede acusar de dedicar su esfuerzo a la sanidad de los indigentes, o a que sea más leve el duro caminar de los desamparados. Es la práctica del terror. Ese fenómeno, que, por desgracia, hemos conocido, fruto de mentes visionarias y ambiciones personales, de imposible satisfacción, lo que impide, aquí y allí, buscar caminos de encuentro.
     Y en tales condiciones ninguna simiente arraiga y la siembra resulta inútil. Al final nada fructifica. El trabajo se agota con la disminución de las inversiones; los negocios decaen, ante el riesgo añadido de la agitación social, y el progreso se paraliza, incapaz de caminar entre tanto charco de sangre. La familias apenas se desplazan a establecer los habituales contactos con que se fomenta el cariño, porque el temor ha roto el sendero que conduce a sus viviendas. Los amigos dejan sus tertulias, - ya nadie confía en nadie, - creciendo la soledad, que se añade, a la que tanto se ha desarrollado en los tiempos presentes.
     Y la vida se va deshaciendo, llegando a formar un todo, con aquellas trágicas muertes y, cuando alguno de tales asesinos, vuelve derrotado y ahíto de sangre inocente, sus compañeros, en lugar de lamentar el dolor de tantas familias, destrozadas inútilmente, lo reciben como a un héroe. Es difícil creer que exista tanta degradación.

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