Julio en Alaró

      Alaró, como casi todo el mundo sabe, no tiene mar. En el mes de julio, hay que escribir al borde de la piscina, y, si puede ser, entre pinos. La paz que acompaña a la soledad, parece que refresca el ambiente. A ratos, corre una leve brisa, que, me imagino, es la que los pescadores y gente del mar, llaman s´embat. Me llega a través del corredor que se encuentra entre las dos montañas que, formando parte de la Sierra de Tramontana, cobijan a este pueblo en su ladera. Si me permitís exagerar, es como un suspiro de los dioses que ayudan a estas islas a tener un clima benigno, tanto en verano como en invierno. No es que no haga calor o frío, que lo hace, pero siempre con mesura, lo que, seguramente, influye en el carácter de los mallorquines. Es una población en la que todo es mesura, todo es calma, excepto cuatro exaltados, llamados independentistas, - más bien los llamaría aislacionistas - que pretenden, hablando su propio idioma, sentarse a la mesa solos, seguramente pensando que así comerán más, olvidando que vivimos del turismo, que es una invasión tolerada, y deseada, de otras culturas, maneras e idiomas, que, con distintos nombres y desde hace siglos, han influido en el vivir de estas islas, como puede observarse en la cantidad de nombres de pueblos y apellidos, que proceden de la ya lejana dominación árabe.
      Pero a pesar de este calor atenuado, -si lo comparamos con la península,- las flores de las adelfas se marchitan, al final de unas ramas, claudicantes, sin que se sepa si su inclinación proviene de la pesadez de la temperatura, o por reverenciar a ese astro solar, que ayuda a conservar la vida.
     Seguramente las playas han empezado a llenarse. Al amanecer el mar suele llegar calmo hasta la orilla, golpeando la arena como si la acariciara, reculando con un leve oleaje que apenas se nota. En un horizonte lejano, las velas blancas, inclinadas, caminan adormecidas sobre las aguas, como si navegaran en el ondulado paisaje de extrañas dunas azules, o sobre los carriles de una suave montaña rusa. Una neblina húmeda se desprende del mar, como si se viera aquejado por el sudor propio de la época, y, con frecuencia, me han dicho, aparecen cuerpos esbeltos, exhibiendo su desnudez, como diosas de una belleza insolente, que renacieran entre las brumas de este eterno mediterráneo.

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