Cuento de Navidad

            Corría el año 346 de nuestra civilización. Estaba atardeciendo. El camino descendía bordeado de pequeñas extensiones de vegetación, que limitaban la frondosidad de un bosque. Al fondo una columna de humo señalaba el emplazamiento de una cabaña a la que, sin lugar a dudas, se dirigían. Se desplazaban con el lento caminar de quien ha recorrido un largo trayecto y se encuentra agotado por la fatiga del un viaje, seguramente duro por la distancia, y, sobre todo, por la baja temperatura, que, a tales horas, se hacía insoportable. Era una pareja de mediana edad. Ella, subida sobre un pequeño asno, llevaba en brazos una criatura, envuelta en un mantón de lana, que tendría, seguramente, pocos meses, a la vista del volumen del envoltorio. El, encorvado y con barba, tiraba del ronzal del asno con paso cansino.
            Tras un aldabonazo, la puerta se abrió con diligencia, franqueándoles el paso. La habitación, amplia, estaba dignamente decorada, cubierto el suelo de pieles, y las paredes de objetos, quizás traídos de lejanos lugares. Al fondo, a los dos costados, las cortinas cerraban otras habitaciones donde sonaba una música rítmica, relacionada con los ritos de las estaciones y los ciclos de la vida. El ambiente, cortadas las ráfagas de viento por la edificación, y al amparo de unas fogatas con abundante leña, era cálido. Y la misma calídez tuvo la acogida, lo que esperanzó a los viajeros.
            Después de las preguntas de cortesía, la conversación se centró en las fiestas que celebraban. Eran las denominadas saturnales, fiestas paganas en honor a Saturno, dios de la Agricultura, que, desde la época romana, se celebraban a mediados de diciembre, para concluir, con grandes diversiones y banquetes, en el solsticio de invierno. Este año, por las presiones de la Iglesia de Oriente, en su deseo de introducirse en las fiestas paganas, en lugar de reprimirlas, se había decretado que, en las mismas fechas, se conmemorara, también, el nacimiento del Mesías, en Belén, una pequeña aldea perdida en la Galilea.
            Los viajeros solicitaron alojamiento, por un corto espacio de tiempo, a fin de resguardarse de aquella obscura y gélida noche. A pesar de que la familia tenía antiguos compromisos, amoldaron su vida a las necesidades de sus invitados, y, al calor del fuego, hablaron de largos caminos, de rumores de antiguas creencias, de esperanza de fértiles campos, cuando llegara la primavera, todavía lejana.
            Reposaron, los caminantes, su dolor y su miedo, sobre la amable caridad de aquella familia, mientras el niño, entornando los ojos, concilió el mismo sueño de amor, que, durante generaciones y en parecidas fechas, se espera que llegue para iluminar al mundo.

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