Salamanca, en el recuerdo

            Volé sobre los caminos del espacio y aterricé, de nuevo, en Salamanca. En la noche, las estrellas brillaban tímidas. El aeropuerto, libre de ruidos, disfrutaba de los murmullos de la lluvia, cayendo mansa sobre los encinares vecinos.
            Hacia tiempo que no revivía Salamanca y me he remozado, discurriendo por las doradas piedras que arropan una Ciudad única. Es cierto, -Cervantes en el Licenciado Vidriera,- que “enhechiza la voluntad de volver a ella" sobre todo cuando la has soñado en la lejanía, entre la bruma de los recuerdos.
            Amanecieron los días con sol de otoño, reflejándose luminoso sobre las torres de las iglesias; las campanas repicaban al embate del aire fresco, y seco, que acaricia la meseta
            Los amigos, desde su eterno destino, me acompañaron en el recomido, que inicié como un neófito, porque, a pesar de la cantidad de años pasados por sus calles, redescubrir la ciudad es una ilusionante aventura.
            Partimos de la Calleja, y caminamos hasta la Plaza Mayor. Poco había cambiado desde que, diariamente, paseábamos bajo los soportales. Sus arcos, seguían teniendo el entorno romántico que nos acompañó, a la salida de la Universidad y en los paseos de las tardes. Los medallones seguían conteniendo las figuras de los grandes de la historia, que ven pasar, impávidos, como los días atropellan a los años, en una secuencia dormida y eterna. Por la noche, los veladores de los bares, y la música de los espontáneos, seguían acunando, con tranquila armonía, la vida serena de la ciudad.
            Dejamos la salida de la calle el Prior, para adentrarnos en el Corrillo, viendo, de paso, la fachada de la Iglesia de San Martín y las columnas, que, un día, sostuvieron la tienda de Centenera, donde los libros viejos apenas tenían más edad, que las jóvenes necesidades de quien los vendía.
            La calle de la Rúa, sin tráfico, se ha convertido en el glorioso mirador que descubre la Catedral al fondo. Forrada de piedra, y recortada en el cielo, le da una gran magnificencia, que no desmerece al verla reflejada en el rio, cuando las luces convierten en espejo la superficie del Tormes. Lucen los tronos vacíos, liberados de sus estatuillas por la inclemencia del tiempo, rodeados de un torbellino de piedra labrada con la gracia del organdí repujado, y, sus enormes campanas, cuando doblan, hablan de las alegrías y tristezas de la ciudad.
            El recorrido de dicha calle, nos permitió visitar la Casa de las Conchas. La restauración de su fachada, le ha dado la armonía que sus desvencijadas paredes merecía. Las conchas, incrustadas, reverdecen el arte de su distribución, y las piedras recoloreadas, nos acercan a lo que pudo ser el marchamo de su pasado. Enfrente la Clerecía, señala el espíritu del arte de la Transición, y sus torres, quizás se vean más esbeltas, por la estrechez de la calle. En su interior aún parece resonar la dulzura vibrante de su órgano, y su gran armonía, cuando las fugas de Bach llenaban el recinto, punteando, con insistencia, en mi mente. Después, recogida el alma, la paz permitía una reparadora meditación.
            Calle Libreros adelante, el estilo plateresco, vistiendo la fachada de la Universidad, atrae nuestra admiración, mientras buscamos, de nuevo, la famosa rana. El Patio de las Escuelas Menores, pisado por los grandes escritores y poetas del siglo de oro, produce la impresión de estar arrullado por voces del pasado, entonando un lento y profundo canto gregoriano. En el interior de la Universidad, recordamos las frías mañanas en las que, durante años, recorrimos sus claustros. A la vista del esbelto ciprés y del aula de Fray Luis, con sus rústicos bancos de madera, rememoramos su trágica historia y comprendimos su “Dicebamus externa die”.
            Bajamos hacia Santo Domingo, por calzadas de piedras seculares, que, un día, pisara Cristóbal Colón, recreándonos en su fachada, quizás el plateresco más puro de España.
            Volvimos al centro, henchidos de gozo, como si hubiéramos paseado por el infinito, en un genuino viaje astral, cogidos de la mano de D. Miguel de Unamuno, con quien, cuando la vida está en el último tramo, compartimos su posterior deseo: “Acógeme Padre Eterno en tu seno, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

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