El Bastón y Yo

          Cuando las personas llegan a una cierta edad, necesitan apoyo. No hablo de apoyo moral, sobre el que poder descansar las tribulaciones del espíritu, cuando las tinieblas invaden nuestro alrededor, o desaparece la perspectiva del mundo y la esperanza se enfrenta a un horizonte negro y hostil.
          Hablo del apoyo físico. Entre otros artefactos, el bastón. Algo tan sencillo como un palo, con un capuchón de goma a la punta, para evitar peligrosos resbalones, y una cruceta, en la otra, que se ajusta a la mano. En mi caso, a la izquierda, lo que me ha dificultado, al principio, su uso, porque soy dextro, en todos los sentidos. Este artilugio de la elegancia, que aportaba señorío en los andares del siglo diecinueve, se fabrica de forma sencilla, pero, a veces, las empuñaduras demuestran la presunción de sus propietarios, al estar formadas por caras filigranas.
          El mío es simple y esbelto. Apoyándose en el suelo con un golpear característico, al unísono que mi pierna derecha, me ayuda a caminar erguido, con la esperanza de que exista la novena buenaventura, que glorifique la estabilidad corporal, para poderla equiparar a la espiritual, tan escasa y solicitada en estos tiempos.
         Totalmente ecológico, digo, porque lo compré en la farmacia de Alaró, donde el ambiente purifica cualquier desvío natural. Sería el complemento ideal, si la jubilación me permitiera vestirme con chaleco príncipe de gales, cadena de oro y reloj de bolsillo, tocado con sombrero de ala ancha, que levantaría, levemente, al cruzarme con las señoras, cuando me desplazara hasta los Damunts en una calesa, tirada por blancos corceles. Pero la cosa no da para tanto.
         Solo es, la columna en la que apoyo mi lento caminar, como uno de los senderos que utilizo, para que las ideas entren en el circuito de mi pensamiento. Ese deambular, cansino, entre los árboles del jardín, me permite formar las fantasías, sobre las que vuela la realidad de los mundos utópicos, por los que, a veces, viajo. El bastón, es el compañero que me confiere firmeza física, para caminar por los peregrinos senderos que conforman la vida. Es como la punta del pie de los bailarines, sostén de su equilibrio, que establece, además, el infinito sobre el que nace la belleza de la danza. El bastón, es mi arma defensiva, cuando lucho, en tinieblas, con los fantasmas de mi inevitable decrepitud.

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