El Pinar y Yo

            Los escritores hablan de la sombra de muchos árboles, pero hay pocas tan reconfortantes como la de un pinar. En una parte de nuestro jardín, sobre un montículo, plantaron, hace, más o menos, cien años, un pinar que parece proyectado para ver en el horizonte las montañas de la sierra de Tramontana, sin necesidad de alzar la vista. Hoy, gozando de su sombra, es la zona que me habla de armonía y de paz. Son diez pinos, con un tronco ancho y seco, y las arrugas propias de sus años. Las terminales de las ramas, cubiertas de hojas en aguja, - que, cada año, verdean, - luchan para que los árboles puedan seguir soportando las caricias del ambiente, al tiempo que protegen su corteza durante el verano, para poder llegar a un otoño, - o invierno - con dignidad, lo mismo que pretendo Yo. Está al lado de la piscina, y, a su través, siempre corre una brisa, habitualmente fresca. Tales aires, - en estos veranos de cuerpos desnudos sobre las playas, disfrutando, o más bien, soportando, el rigor de este clima, con la finalidad de buscar un tono de piel moreno, que nunca lograrán, - son como el soplo de un dios isleño, que, respondiendo a necesidades del momento, refrescara el ambiente, mediante una sonrisa amistosa y complaciente. Es un oasis de penumbra en el que, unos pájaros de lento piar, revolotean satisfechos, quizás por el bienestar que les producen las noches cortas y los días largos, o, quizás, para suavizar el castigo de una naturaleza, moldeada por un sol inclemente. No sé si tal corriente, se produce por la cercanía de la sierra, o por la bondad de las brisas marinas, que nos quieren compensar por la falta de playa, o porque los pinos emiten su propia temperatura. Cuando las citadas rachas de viento se calman, el calor hace que las piñas exploten, emitiendo un sonido característico, que rompe el silencio adormecedor propio del verano. Las hojas secas, formando una uve puntiaguda, caen continuamente, como queriendo iniciar la tarea que se realizará, en la pronta llegada de un otoño, que, sin duda, presienten. Entre chapuzón y chapuzón, leo, en la tableta, alguno de los libros que almaceno, procedentes de los que me llegan todos los días, a docenas, vía internet, o inicio la redacción de cualquier escrito, que posteriormente tengo que reescribir, porque hacerlo en estos pequeños artefactos, es casi una actividad imposible. A veces entro en trance mediante el sueño, que es una actividad breve, pero intensa, a ciertas edades. Si trabajara, lo llamaría, pomposamente, un sueño reparador, pero en esta avanzada jubilación es, más bien, la fantasía de una vida pasada y, por desgracia, la realidad de un conocido porvenir.

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