La Tormenta y Yo

            El sol apenas había iniciado el alba, tratando de encontrar el camino que le permitiera cumplir su misión. El firmamento estaba vestido de tules grises, empezando a rasgarse por un horizonte que negreaba, y amenazaba con oscurecer la tierra, cuando aún no había levantado el día. El ambiente acogía la liviana tristeza de caminar entre brumas, forzando mi pensamiento a navegar entre oscuros vericuetos de amargura. Nunca sabremos si la niebla macilenta, que se extiende a través de los días grises, es la creadora de la tristeza, o es la oscuridad de la mente, o su claridad, la que determina el desarrollo espiritual de los días.
            A través de la mañana, el firmamento se fue cubriendo de nubes, conformando un atardecer amenazador. Al principio la lluvia se inició con gruesas gotas, lentas y contundentes, para darle paso, en pocos minutos, a una masa de agua que llenó mi contorno, como si los cielos tuvieran prisa para deshacerse de tan enorme caudal. Los rayos iluminaban el espacio, acuchillando las nubes, y aparentando una verdadera batalla entre ellas, al tiempo que los truenos crujían la tierra, como si quisieran cuartearla.
            Mirando tal espectáculo, y lamentando la falta de visión de la Sierra de Tramontana, oculta tras la cortina de agua, me di cuenta que, en la pendiente del jardín a la casa, se iba creando, al principio, un regato de hojas y agua, que, de inmediato, se convirtió en riachuelo, estrellándose contra el pequeño pretil, que defiende la entrada.
            La lluvia caía sesgada, golpeando los cristales, con el sordo repiqueteo de lejanas castañuelas y con potencia suficiente para lograr que, pequeñas gotas, se colaran por orificios, que solo el agua conoce. Las ráfagas de viento arrancaron varias tejas lanzándolas al jardín. La luz desapareció. Las dos crestas de las montañas se hicieron visibles, al unirse mediante líneas quebradas de estelas rojas, resquebrajándose con el sonido inmediato de los truenos. Si no fuera tan incrédulo, hubiera creído que las brujas, que viven en dichas montañas, habían reanudado el aquelarre celebrado hace siglos, y del que hablan, en un susurro, y con cierto temor, los más viejos del lugar.
            Después, lentamente, se reinició el día; el viento, los rayos y los truenos calmaron; la electricidad se reanudó, y el olor a tierra mojada inundó el espacio, logrando transmitir la sensación de que, en mi vida, estaba naciendo una extraña esperanza.

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