La Niña Rica.- Cuento


            Nació con los ojos abiertos. Rompió a llorar, antes de que el doctor se lo ordenara  mediante el consabido  azote. De piel blanca lechosa, larga y delgada,  era como una rosa, arropada con el manto del bienestar. Se incorporaba a  un mundo nuevo, a un mundo de extrañas filosofías, de vuelos interplanetarios, de nuevas esperanzas de vida, a través de los descubrimientos de la ciencia. Pasó sus primeros años en la inconsciencia de la buenaventura, rodeada de juguetes, teniendo, siempre,  fija su mirada, en  un firmamento lleno de estrellas luminosas, que le señalaban un camino  de ilusión y bienestar, cuyo destino final sería una vida feliz.
            Creció con las comodidades que proporciona el dinero, con la preparación intelectual que ofrecen las grandes universidades, con los placeres de la irresponsabilidad, amparada por el sobrante de bienes materiales. Pasó sus años juveniles entre camaradas, con las que selló supuestas amistades inquebrantables, compartió secretos de juventud, olvidados con la misma rapidez con que pasaron los años, y recorrió ilusionada los matices de amores imaginados, sueños de fantasía  y, para ella, inexplicables  decepciones.
            Nunca supo del sufrimiento que causa la pobreza, o de la insatisfacción producida por metas inalcanzadas, ni, mucho menos, desilusión por  esperanzas insatisfechas. Jamás  sus ilusiones transitaron por montes resbaladizos, ni se asomaron a las simas  de los fracasos. Raramente  se vio aquejada por las sensaciones que oprimen el corazón, cuando la angustia te embarga,  ni sufrió ansiedades importantes. Y no soportó  desgarradas emociones,  porque siempre estuvieron paliadas  por las riquezas del mundo que  la protegía.
            Recorrió los senderos de los campos de amapolas, cuando la primavera se extendía sobre su porvenir; caminó por los calurosos lugares  que promueven la belleza de los cuerpos, y disfrutó de  eternas noches de diversión, recibiendo los amaneceres en las playas privadas de algún lujoso hotel;  se refugió en los atardeceres sombríos de otoños de decadencia, cuando los  soles mortecinos se ocultan en el horizonte, y los árboles se despojan de las  hojas que los abrigan; y combatió los fríos inviernos, recluyéndose en los espacios  de un futuro confortable.
               Pero una mañana, al alba, cuando los sueños recrean la vida, se sintió vacía, porque, al contrario que en su niñez, ya no existía aquel firmamento lleno de estrellas luminosas, ni el camino  de ilusión y de esperanza, que debía conducirla a una vida feliz.