La Luna y Yo

          ¿Os he contado alguna vez que hablo con la luna? No penséis que es vanidad de viejo caduco. Permitidme que presuma de que, aún, sea lo suficientemente joven, para mantener un idilio con esa belleza, eterna y cambiante, que enamora, y que ha servido de inspiración a tantos poetas desde el principio del principio. También sé que, a veces, cuando la noche ampara los encuentros de amantes furtivos, ha sido cómplice de bellas promesas, que han durado tanto, como los cuartos que muestra en su continuo recorrido. Pero aún así, - perdonándole sus deslices- salgo al jardín y la miro con arrobo, cuando Ella se asoma a la gran bóveda, alumbrando el firmamento con esa luz tímida, y a veces temblorosa, con que se presenta, a pesar de ser la reina de la noche. Cuando nuestros pensamientos se cruzan, me cuenta las penas y alegrías, que ha tenido, durante el tiempo que ha permanecido, ajena a las miradas de un mundo, que apenas comprendo. Es muy lenta en sus comunicaciones, pero las matiza con una admirable precisión, mientras sonríe a las estrellas que la rodean. Yo, permanezco embelesado escuchando ese ronroneo de gata en celo, con que me transmite sus cuitas lunares, que no lunáticas. No os podéis imaginar el trabajo que desarrolla en el tiempo en que, se supone, está descasando. Aconseja a los andariegos que cruzan los caminos eternos de un universo misterioso, protegiéndoles en la penumbra de los atardeceres, con gestos cariñosos de madre prudente. Asiste a multitud de parejas, a punto de romper, recordándoles las promesas de amor, que un día se hicieron, apoyados en ambos lados de una reja, llena de flores, hablando de amor, o dándose quejas, cuando Mayo expandía su aroma de ilusión casamentera. Me cuenta sus disputas con el sol, cuando aquel, soñoliento, no está dispuesto a acudir a las citas matutinas, cuyo relevo, Ella, prepara con la sencillez que la caracteriza, y con la puntualidad que exige ese dios misterioso, que rige el destino y los tiempos del mundo. A pesar de lo ingenuo que parezca ladrarle, cuando ocupa su parte en la incipiente oscuridad de los cielos, me cuenta que, a veces, acude a su eterna cita, con cierto temor, porque hombres con peor instinto que aquellos ladradores, rompen la armonía que debe presidir un mundo en paz, iniciando guerras tenebrosas, basadas en desmesuradas ambiciones, o en defensa de unos dioses, lejanos y desconocidos, seguramente avergonzados de que se diga que estamos hechos a su imagen y semejanza, y que permanecen sordos y ajenos a la codicia y maldad de muchos de sus adoradores. Otras veces me habla de amor, el que inunda de ingenuidad el rostro de los niños, que abren sus ojos, para quedarse extasiados ante su figura, logrando ese ensanchamiento que, producto de tal satisfacción, logra pasar de una mermada presencia en sus cuartos menguantes, a presidir, plena y reluciente, un firmamento cuajado de estrellas. Otras muchas, y variadas, son estas conversaciones de viejo caminante, que recorre los campos de la imaginación escuchando su murmullo, y cuando me guiña, mundos de fantasía inundan mi mente.

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