LA VICTORIA (Cuento)

            Empezaba a amanecer, cuando mi mente, abriéndose paso entre la niebla que, a esas horas, invade mi pensamiento, volvieron a surgir los hechos que me  contó, uno de los que vivieron en aquella época y  con los que, al decir de algunos, se logró una gran victoria. 
         Érase una región que había gozado de todas las ventajas que los dioses, o la naturaleza, son capaces de otorgar. Pero, aquella alta montaña, donde estaban instaladas tantas estaciones de esquí; la costa,  cuyas playas eran el orgullo  del Mediterráneo; las edificaciones de grandes arquitectos, ante las que se formaban enormes colas de turistas y el puerto, en el que fondeaban, diariamente, las mayores naves  que los mares han conocido, estaban paralizadas. 
         Durante muchos años, la que fuera una de las mejores  escuelas y universidades de la Patria, había  dedicado  sus esfuerzos a impartir, soterradamente, el odio, contra la nación de la que formaban parte desde hacía siglos. Como consecuencia,  un iluminado, haciendo uso del rencor sembrado, ilusionó a una parte de la región, que no fue capaz de ver que, quién  se levanta contra las leyes, que protegen la convivencia, las rehará en su propio beneficio, aunque predique las bondades de una nueva patria, basada en el orgullo de los ignorantes, que es creerse mejores que los  demás. 
         Pero la protección de tal idioma,  invalidante del común, a pesar de llegar a un grupo de hablantes infinitamente mayor, y una historia distorsionada, formó una juventud – lógicamente la más pobre, los más afortunados elegían colegios privados, - menos competente que la que siempre había existido, y más dúctiles, a los efectos de creer en los milagros, que, de forma mendaz, les habían inculcado, y que los empujaba a luchar por tan ilusionantes  objetivos. 
         Y, cuando los partidos se han unido, ilegalmente, para construir una nueva “patria” surge entre ellos la lucha, porque, al final, lo que buscan, no es el beneficio de los demás, si no el de su propio grupo,  al que dedican sus esfuerzos, en detrimento del quehacer diario, que es lo que justifica la existencia de los gobiernos. 
         Ante la posibilidad de que la alteración del orden, y el miedo a que una posible dictadura, produjera el declive de sus actividades, las empresas huyeron a miles, lo que, al principio, apenas se notó. Pero, pasando los años, la creación de la riqueza que promovían, había desaparecido definitivamente. El capital, que es el abono  del trabajo y del progreso, siempre miedoso,  transfirió, a otros mercados, miles de millones de euros, huyendo del mayor riesgo que suponía permanecer en un territorio de dudosa garantía, y  lo invirtió, en lugares más tranquilos, lo que acabó de empobrecer la zona.
          Los seguidores del Iluminado líder, haciendo gala de su fanatismo, hicieron irrespirable la convivencia, y, tratando de imponer sus ideas,  maltrataron al resto de la población, lo que dividió y enfrentó, a ambas partes, ocasionando una guerra, larvada, pero aflorando, con discreción, aún entre las familias, que no podían soportar el infamante fanatismo de los secesionistas, que gozaban de la protección del “Iluminado”  y sus ayudantes. 
                Y, al pasar de los años, lo que era el motor de la patria, se convirtió en una zona inestable, empobrecida y, lógicamente, rezumando el odio que engendra las batallas perdidas. 
         Un día, tan funesto líder murió, y los fanáticos seguidores de aquella república inalcanzada, mostrando el signo de la victoria, acompañaron al féretro, envuelto en la “Estelada”, con  un cartel que decía: “Al nostre estimat líder, forjador del benestar del poble català”