El Toro y la Vida

            Parece que todos los seres que pueblan la tierra,  nacen, crecen, se reproducen y mueren. Y cada uno de  ellos, recorren el camino de la vida, cumpliendo su destino. Cierto que se desconoce su desarrollo, cierto que no se sabe quién lo  determina, pero, salvo que se pudiera probar lo contrario, cosa difícil, cada uno cumplimos el nuestro.  
            El mío,  exceptuado  el lugar de nacimiento, empezó en aquella Salamanca, que, al decir de Cervantes, “enhechiza la voluntad de volver a ella”; la de la Plaza Mayor; la de la Casa  las Conchas; la de las serenas noches de Mayo, cuando, en el Tormes, se reflejan las estrellas, junto a la silueta de la Catedral,  mientras   sus aguas corren, bajo las viejas piedras del  puente romano.
            Rodeándola, se encuentran grandes fincas,  las dehesas, en las que nacen los toros bravos, al lado de  ambarinos y enormes trigales,  arrullados por el sonido de la marea, al batir de los vientos. Su vida, que no pasa de los cuatro años, se desenvuelve paciendo en verdes prados; tumbados; rumiando, quizás, también, fantasías en su pensamiento; mientras los primeros rayos de sol iluminan, la bella sequedad de la meseta,  o sus cálidos atardeceres; el sonido de los cencerros ponen música al atardecer, oyendo, en la lejanía, el canto de las cigarras;  al tiempo que  cubren alguna vaca, cuando la luna nueva, ilumina el firmamento, y los jóvenes mayorales, intercambian quejas de amor, en las elegantes rejas de la casa grande. Esta es su vida,  y, se cumple su destino,   muriendo en una plaza con dolor, en una guerra de la que, siempre, será derrotado,   pero, entre pinceladas de arte, y admirada su estampa por un público enfervorizado. 
            Durante todos esos años, los hombres,  nacen en clínicas esterilizadas, a las que solo llega la luz de los fluorescentes, y la primera alegría que le producen  a su nuevo mundo, en sentirlos llorar. Su niñez está plagada de leves enfermedades; cuantiosas vacunas; y una insulsa niñez, hasta que llega la pubertad. Entonces, hay que tratar  de ordenar   unos apetitos que se muestran exigentes, y, contra los que hay que luchar, sufriendo, para que, según los mayores, se encamine su plena juventud. 
            Su desarrollo es complejo, pues el resto del camino, estudios o trabajo, entraña dificultades y, a veces, desolación. Se reproducen, con las alegrías de tener en los brazos un nuevo ser, y la tristeza de pensar en las espinas, que tendrán las rosas de su  camino. Y acaban su vida, cumplido su destino,  de nuevo  en una clínica, aunque sea lujosa, siempre desangelada. Solos; el pensamiento desvaído; angustiados  ante la negritud de un porvenir,  envuelto en el  misterio, y, muchas veces,  yaciendo sobre sus propias heces.  
            Cuanto asombro me producen, esas pequeñas masas, a las puerta de la Plaza de toros, al comienzo de una corrida, compadeciéndose del toro, cuando ha tenido mejor vida que ellos, y morirá, con seguridad, de forma mucho más digna, y en la cumbre de su gloria.