Vergüenza, Sr. Alcalde.


Permitidme empezar el año, recordando  los cuarenta   que han pasado, desde que establecimos  nuestro último pacto de convivencia, que empieza a  resquebrajarse por  la deslealtad de los que, especialmente,  tienen la obligación de  cumplirlo. 
Se supone que los políticos, especialmente, los dirigentes de la Generalitat, así como los que tienen representación, amparada, precisamente, en la Constitución, incluidos los alcaldes de los pueblos, de los que son primera autoridad, están – al menos así lo prometieron cuando juraron el cargo – para ordenar la vida de la población,   de acuerdo con el mandato de las Leyes en vigor. 
 Pero, en esta época, en la que nos ha tocado vivir, los Torra y sus secuaces,  algunos alcaldes, como otros muchos políticos, se han vuelto conspiradores, están en la batalla partidista,  procurando  alcanzar el poder, para  traicionar, más fácilmente,  las leyes que prometieron cumplir. 
Son unos golfos de la política. 
Una de las cosas más despreciables, es la falta del cumplimiento de los compromisos adquiridos; pero, estos, han perdido la hombría de hacer honor a la palabra dada,  y entran en la política para,  con alevosía,   ponerla a su servicio. Eso no se atreven a hacerlo los quinquis, ni los maleantes, porque tienen un código de honor  y un  respeto a lo pactado con sus iguales; pero estos  políticos y alcaldes, a quién se les llena la boca con la palabra democracia, cometen la villanía de prometer unas leyes, pensando infringirlas, inmediatamente,  en su provecho. 
Son,  al decir de Machado, mala gente que camina emponzoñando la tierra. 
Y, a eso, queridos lectores,  - exhibiendo, sin pudor,  su traición, en los periódicos, - lo llaman democracia y, dicen, que representan al pueblo.  Los demás, los que han pasado por la vida, respetando las leyes, como parte fundamental del contrato constitucional, que han suscrito para poder convivir; sosteniendo, cada uno, dentro de sus posibilidades, el gasto nacional, pagándoles a todos ellos, para que organicen la parcela que, voluntariamente, han elegido,   responden traicionando sus promesas, y, si alguno  protesta, lo insultan. A este modo de proceder, ¿Se le debe respeto? ¿Hay  que callar, cobardemente, su felonía?. 
El Sr. Torra, El Sublime, si llegara al poder, habilitaría las chekas, para que,  a nosotros, sus compatriotas, de los que dice que hablamos el idioma de las bestias salvajes,   pudieran apartarnos de la vida pública, y no pudiéramos contaminar la gloriosa supremacía de su casta. Si lograra la independencia, con seguridad, volverían las cámaras de gas, porque, en su grotesco delirio, no toleraría que  la enfermiza grandeza de la tierra catalana,  pudiera ser hollada por el infamante pie del  pueblo español.
 ¡Esto no pasaría en España!, me dicen. También los cubanos decían, ¡aquí, imposible!, ¿al lado de américa?. Y los venezolanos,    ¡esto no es cuba!. Y los griegos,  ¡esto es Europa!, mientras  a los pensionistas, de un día para otro, les rebajaron las pensiones un cuarenta por ciento, y, los veíamos haciendo cola en los bancos, para sacar veinte euros, que era lo  máximo que les permitían. 
¿Somos unos engreídos, o unos pasotas, que ni siquiera nos atrevemos a  gritar cuando quieren privarnos de nuestros derechos?  
Dicen que Franco era un dictador,  que se levantó contra el orden constitucional, y le niegan  hasta  la paz de los sepulcros, pero, ensalzan, y  glorifican, a los que hicieron lo mismo en Cataluña, y nuestro Alcalde, no tiene otra cosa que hacer, que ir a visitar a la cárcel, a los que están acusados, de haber cometido, el delito más grave que contempla nuestro código penal. 
 Quiero creer que es un ferviente  religioso y, haciendo una obra de misericordia, ha ido a visitar a unos pobres descarriados, que, con indignidad y alevosía, libraron una batalla contra nuestra pacífica convivencia; pero, si, como sospecho, ha ido para animarlos a seguir conspirando, formando, con ellos, un pacto delictivo, traicionando el compromiso que adquirió cuando ocupó el cargo, le digo, Sr. Alcalde, que, si es así,  – igual que una parte del pueblo de Alaró –    estoy avergonzado de que presida nuestra comunidad, y hasta de haberle ofrecido, como vecino respetuoso, mi leal ayuda, porque, aunque  sé que discrepamos en nuestras ideas, siempre creí que era un hombre de bien.