Resurrección (Cuento)

Caía la noche sobre su pensamiento, y en  sus  dolorosos duermevelas, nacían hechos pasados y futuros que acuchillaban su mente,  permaneciendo inmerso en  una imaginaria  tragedia que le impedía respirar. Llamaradas de amargura, presionando sobre su pecho,  limitaban su perspectiva de vida, hasta el punto de ver la muerte como una liberación y consideraba que el único lugar adecuado para su necesario  descanso, era  entrar en el eterno silencio del infinito. No había posibilidad de traspasar aquella niebla densa y oscura que le impedía la visión de las cosas más simples, y, cuando los tranquilizantes, trataban de disolver  tan terrible  y corrosiva angustia, nuevas fantasías se asentaban en su mente, ahogando cualquier pensamiento que alentara las ansias de vivir.  Era, a través de  esa imaginación que, habitualmente, le permitía seguir el dictado de un ser desconocido, que llaman Inspiración, donde se fraguaba la batalla mas dura que pueda sufrir el ser humano, porque  la esperanza  se ahoga en unas fantasías infernales, sin que visión alguna pueda protegerte de la consecuente desesperación. Podría decirse que es una maldición  divina, o más bien, demoníaca, hecha realidad,  si fuera posible pensar  en la existencia de alguien tan malvado como para infringir tanto dolor. 
     Pero, en un momento indeterminado, cuando el alba rompió las oscuras sombras que habían nacido en la noche, y habían ocultado la luna sobre la que escriben  los poetas, cuando hablan de ilusionados enamoramientos, se abrió la mente,  como respuesta al grito de  “hágase la luz”, y, al igual que se asegura en los libros sagrados del cristianismo, la luz se hizo, y el mundo comenzó a rodar, en  ese otro mundo de mundos que forman el universo. – y con la ayuda de un gotero y un parche -empezó a sentir el canto de las aves, cuando lanzaban al espacio el saludo al nuevo día,  mientras buscaban su primer alimento; o, quizás, el grito de la pelea para obtenerlos, si alguno se los discutía. Las flores, antes invisibles, ahora decaídas, rindiéndose al calor de un verano en plena canícula, se volvieron a colorear con su belleza natural, y  las rosas, sus bellas rosas rojas, le transmitieron la esperanza de nuevas primaveras, como si de aquel viejo y desgajado arbusto pudieran nacer nuevas ramas ilusionantes.  La virgen situada en lo alto de la Sierra de Tramontana, se iluminó entre los arbustos que la rodean, y le lanzó su bendición de madre milagrera, renovando su inmemorial  protección sobre este pueblo, cual si la piedra de la que está hecha, se hubiere transformado, puro milagro,  en el foco de esperanza del que tan necesitado estaba.