D. MIGUEL DE UNAMUNO Y DON BOSCO

Cuando llegan estas fechas, finales de Enero, se vienen a mi mente dos personajes, que durante años tuvieron cierta presencia en mi caminar. San Juan Bosco y D. Miguel de Unamuno. El primero porque estudié el bachiller con los Salesianos, de las que fue  fundador, y, como tal,  y en su memoria, cada año, el 31 de Enero,  había una gran celebración, - de las de entonces,-   una verbena en el patio,  en la que solo sonaba algún petardo, y un tazón de castañas cocidas que nos  iban echando en el bolsillo del abrigo, según íbamos entrando en el cine que tenía el mismo colegio.  Hoy, estos recuerdos, también los tendrá, en savilla, mi amigo Alfredo Flores, quién con Manolo y Antonio, estos, por desgracia ya ausentes, vivimos aquellos tiempos, y los de la facultad de derecho, entonces en la vieja Universidad, viendo, enfrente, cada día, la estatua de D. Miguel.                          

     Según pasan los años, vienen juntos en el recuerdo. El primero, porque uno de los colegios,  fundados en su nombre, crearon los cimientos de nuestra futura  forma de vida, aunque entonces no lo supiéramos; nos enseñaron desde la forma de saludar cuando llegabas a una reunión, hasta el valor de la religión en el futuro para el que nos preparaban, aunque, hoy, no comparta muchas aquellas creencias,    la base de tal religión, que es la caridad, siempre permanece.  

            Forma parte de aquellos recuerdos,   aquel Febrero de 1.952, cuando, con motivo de celebrarse el séptimo centenario de la Universidad de Salamanca, debía inaugurarse la biblioteca que D. Miguel había cedido a dicha Universidad, de la que había sido Rector. La inauguración se suspendió porque, en aquellos días se había publicado  una pastoral del entonces Obispo de Mallorca, que lo acusaba  de ser Padre de Herejes.  

            Nunca he podido entender porqué aquella Iglesia,   aseguraba que D. Miguel era una espada blandida sobre la cabeza de la   fe. Es cierto que formó, con Martin Heidelberg y Soren Kierkegaard, la corriente filosófica denominada Existencialismo. Pero, yo creo, que tal corriente, no era atea, simplemente consideraba las lógicas dudas que todos tenemos sobre el más allá. 

            Quizás, en aquella Religión Católica,  verdaderamente fundamentalista,  la actitud del danés Kierkegaard, cuando, con ira, puño en alto y cara al cielo, maldijo contra dios en las desiertas llanuras de Jutlandia,  diera la sensación de que negaba a Dios, cuando, precisamente, creo que es una forma grosera, pero de  reconocimiento,  porque  no se maldice a nadie cuya existencia se niega. Maldice,  descargando la mente   contra un  ser superior, por el que, se cree, agredido. Maldice  contra una duda misteriosa, o, quizás, buscando un infinito inerte,  porque la duda es angustia, y el vacío,  paz.                                 

             La angustia vital que definió el existencialismo no es la situación del alma  caminando hacia la nada, más bien es la duda que acosa al intelectual  cuando debe    enfrentarse con la esperanza/desesperanza de otros mundos, pasada  la frontera de la muerte. Es la falta de seguro sostén en que reclinar el más allá, siempre incierto. Es la falta de unión entre lo que la mente considera cierto y la fantasía del predicado  religioso.   

            Quizás, cuando D. Miguel, en el Sentimiento Trágico de la  Vida, dice que Dios es una X sobre la barrera que separa lo que la ciencia certifica como cierto, de lo que, aún, no tiene explicación, y que de la barrera hacia acá todo se explica sin Dios, y de la barrera hacia allá, nada se explica, ni con Dios ni sin Él,  entendieron ataques que nunca existieron.  Porque D. Miguel, fue profundamente religioso, porque fue un hombre honesto, aunque la duda, lo acosara en un sentimiento que acompaña a la humanidad, cuando se piensa en el silencio eterno; siempre la duda, la gran creadora de angustia,  que lo  llevaba, como dijo, a crear a Dios con el corazón y negarlo con la mente.                                                                                            

     Y con el corazón, sin duda y sin negación, cuando los cañones empezaba a atemorizar la meseta, el 31 de enero de 1,936, se escribió su propio epitafio, esculpido sobre la lápida que cierra su nicho en el cementerio de Salamanca, 

 

                       “Acógeme Padre Eterno en Tu seno, misterio hogar;  dormiré  allí, pues vengo deshecho del duro bregar"